martes, 13 de mayo de 2025

Reflexiones sobre una Posible Reforma Previsional

 



Se habla mucho en estos días, de la necesidad de un ajuste en el sistema previsional, es una de las exigencias o compromisos que el Fondo Monetario al que volvimos -lamentablemente- en 2019, ha puesto en este nuevo crédito que acaba de otorgar y si no lo propuso el fondo lo propusieron quienes ocupan el gobierno de la Nación.

Pero no haremos aquí consideraciones sobre esta nueva entrega al FMI, que como decía el padre Menvielle, “siempre busca hambrear al pueblo”. Nosotros, humildemente nos permitimos aquí algunas reflexiones sobre esta temática, aclarando que este no es un estudio pormenorizado y no pretende serlo, por cierto. Ni tampoco quien escribe es un experto en el tema, solo un analista del acontecer social, dedicado desde hace muchísimos años a aquello que tenga que ver con las personas y el trabajo o, como se conoce comúnmente, a los Recursos Humanos.

Por un lado, se plantean uno de los problemas que es la financiación del sistema, en un contexto donde ha subido la expectativa de vida y ha disminuido el índice de natalidad, ambos indicadores con tendencias a seguir subiendo el primero y a seguir bajando el segundo, sin olvidar los cambios que se vienen produciendo permanentemente en el trabajo y la consecuente disminución de los puestos laborales tal y como lo conocemos.

En buena parte de los países europeos, se han corrido del esquema de solidaridad, donde el único medio de financiación es el aporte de los activos y se ha ido a una financiación con impuestos. Incluso la argentina, “hace décadas (…) (que) no se financia con los aportes de los trabajadores, sino con recursos del Tesoro, que provienen de impuestos que pagamos todos, el principal es el IVA”, como afirmaba hace algunos días la directoria del CIPPEC en una entrevista.  

En la Argentina, además de haber disminuido la natalidad, ya hace unos cuantos años, hay otro lamentable fenómeno que es el trabajo no registrado, el que muchos atribuyen a las regulaciones laborales, lo cual puede ser cierto en parte, pero también a la precarización del trabajo como una cuestión cultural y no creo que esto cambie ni con la “reforma laboral” tan mentada, en este sentido, no hacer cambios que amerita los cambios en las relaciones laborales, sino legislar y validar la precarización y cierta explotación laboral. Claramente, La informalidad suele ser, en mi humilde pensamiento, algo más cultural que una realidad provocada por las leyes, hasta el Estado, que es quien debe dar el ejemplo, pagan a sus empleados como “no remunerativos” o contratando a monotributistas, etc., afectando de este modo montos indemnizatorios y futuras jubilaciones.

 Hace poco me contaban, como un empleador hacía los cálculos de poner en blanco a los empleados o dejarlos en negro y “llegar a un acuerdo”, en caso de algún conflicto. Tras ello hay mucho más que un simple cuidado de intereses, hay un detrimento para ese empleado, que no siempre puede elegir si trabajar en negro o en blanco, porque lo que necesita trabajar, ya que está en la primera escala de la pirámide de Maslow. No olvidemos que siempre hay una desigualdad natural entre quien ofrece el empleo y quien puede responder con el trabajo.

Hay un defalco al estado, si y un daño a la sociedad, porque el trabajo en negro o “negreado”, implica la imposibilidad de acceder a ninguna forma de Seguridad Social, a la vez que contribuye a la desfinanciación del sistema, ciertamente es un tema que hay que tratar de manera urgente, pero evitar soluciones que no lo son, como los recordados “contratos basura”, de la década del noventa, o cualquier forma de precarización de las relaciones laborales. Sin duda, después alguien debe corregir alguno de los dislates que abandonaron a miles de argentinos a la buena de Dios, esto causa una mayor erogación y cierto escándalo de los que han causado la “precarización”. Quizás sea bueno que trabajemos más socialmente el concepto de solidaridad, en que se asienta Seguridad Social. Pero no será este el lugar para hacerlo.

Las propuestas de reforma son variadas. La más consensuada, aparentemente, es el aumento en la edad jubilatoria, algunos la quieren llevar a los 70 años y otros a 75 años, también algunos piensan en una primera etapa en igualar la edad de la mujer a los 65 años (aunque para las nacidas sobre finales de la década del 70) y la eliminación de regímenes especiales, muchos de los cuales tienen su fundamento en el deterioro prematuro de cuestiones psicofísicas y también de que por el avance natural de la vida implica que muchos no puedan ocupar los puestos que ocupan con la destreza que corresponden a su tarea. Recordemos que a partir de la ley 24241, de 1993, la edad se trasladó a los 65 años, aunque esta se alcanzó definitivamente en 2001, ya que el aumento fue escalonado.

 En el último tiempo hubo una modificación en la LCT, en su artículo 252, la persona podría optar quedarse hasta los setenta, edad en la que el empleador puede intimar. Aunque esto no es común y es bastante discutido, la intimación suele llegar al cumplir los sesenta y cinco años.

Por otro lado, hay quienes quieren volver al sistema de capitalización que la reforma del 93/94 había incorporado y que no tuvo los mejores resultados, “La evidencia es contundente, todos los estudios que se han hecho sobre la reforma en la Argentina de pasar del régimen de reparto al de capitalización muestran que no solamente no fue una reforma equitativa, sino que tampoco tendió a la eficacia”, afirma la experta ya mencionada. En estas semanas “negras” en los mercados internacionales, se comentaba como los fondos de retiro habían perdido muchísimo y a algunos prácticamente la jubilación le había quedado en cero, así lo mencionaba un cronista desde Estados Unidos contando su caso personal. Estos fondos tienen una dependencia absoluta del mercado bursátil, que todos sabemos lo que implica la “timba financiera”, donde siempre ganan los mismos.

No menos cierto es que, las “reservas” en el estado nunca han sido muy confiables, pero también es cierto que ellas cada vez son menores en lo que hace a un modelo de solidaridad exclusivo, sin un aporte de la financiación con impuestos.

Sé que la palabra impuestos es muy resistida por muchos y corre el famoso “con la nuestra”, lo que en realidad es falso. No vivimos en soledad y conformamos una sociedad en la que somos parte. No estamos solos y por encima del bien particular, está sin duda el bien común. La contribución para que el Estado pueda desarrollar las políticas necesarias para el bien común es un deber y a partir de que colaboramos ya ese dinero deja de ser nuestro, para ser parte del Erario. La visión individualista de la vida lleva a algunos a protestar contra los impuestos (cuando estos son razonables) y a otros, muchos en la historia, a usar de ese dinero de la nación para beneficios personales, en lo que llamamos corrupción a gran escala, porque también está la corrupción del hombre de a pie que solo busca su negocio personal. La famosa “mordida” que tan bien retrataba aquel paso de comedia de la “Tuerca”, en los años sesenta*…. ¡Nada hemos aprendido! La corrupción de los que deben manejar el erario público y de los evasores y de aquellos que se regodean con la destrucción de un estado, siempre clama al Cielo, porque siempre queda la huella en las personas que integran la Nación.

Volviendo al tema que nos ocupa, creo, en lo personal, que un cambio paulatino y razonable en la edad jubilatoria no sería algo irracional. Siempre que sea razonable la modificación, en este sentido, establecer la edad mínima en setenta años, sería factible, siempre que se tenga en cuenta algunas cosas, la primera es que la modificación sea gradual, de manera que vaya subiendo la misma y que el proceso lleve unos diez años hasta que quede totalmente establecida. Claramente, no estoy de acuerdo con cierta propuesta de que sea la edad mínima setenta y cinco años, esto me parece irracional y una locura total.

Por otro lado, la profesional de la CIPPEC, citada, tiene una idea que me agrada, en la misma propone, que no haya un requisito mínimo de años de aporte y que esto sea un diferencial en la jubilación. Por supuesto que debería la “jubilación mínima” ser razonable para que las personas puedan por lo menos subsistir., aunque no me parece mal que haya posibilidades de moratorias, en un contexto argentino donde el desempleo es cíclico y la informalidad una cultura demasiado arraigada, e incluso avalada por leyes, como las comentadas de la década del noventa.

Por otro lado, me parece no menor analizar las políticas que promuevan el empleo en blanco en general, pero especialmente aquellas que promuevan que las empresas no “descarten” y a la vez tomen a personas mayores de cuarenta y cinco años, estos tienen mucho para aportar.

Crear políticas efectivas que, permitan a las empresas conocer las competencias de esta gente, pertenecientes a una generación que ha vivido los mayores cambios de la humanidad y se han ido adaptando -cada uno a su forma-, parece ser una medida absolutamente necesaria, sobre todo si pretendemos extender la vida laboral activa, por medio de cambios radicales en los sistemas de la Seguridad Social.

Sin estas políticas efectivas, deberíamos replantearnos ciertamente el tema de la conveniencia o no de correr la edad jubilatoria, pues estamos dejando a muchísima gente fuera de la posibilidad de la subsistencia en los últimos años de su vida. Aclaremos que la opinión vertida, sobre la conveniencia de correr la edad jubilatoria, está ciertamente supeditada a este punto tratado. De nada vale correr una edad, si el rango de mayor cantidad de personas no puede realizar aporte por estar en fuera del mercado laboral. No olvidemos que el índice del desempleo esta subiendo y las personas mayores siempre son las primeras que son “descartadas”, algunos olvidan que la juventud es algo que se cura prontamente, solo deben pasar unos años…

 No lo olviden los jóvenes en puestos de gestión y decisión. Pero tampoco olviden, aquellos que creen que tienen sus vidas económicamente resueltas hasta el final - y que están en los lugares de decisión -, que hay muchos que no la tienen, por diversas razones, y que dependerán, cuando sus fuerzas se vayan agotando y las enfermedades les sobrevengan - algo propio del ciclo natural – de la jubilación para la que aportaron, siempre que los dejen trabajar y no sean “descartados” vilmente. No por nada la Doctrina Social de la Iglesia ha procurado siempre promover los sistemas de Seguridad Social.

 Recordemos, entonces, que la financiación ya no es exclusiva de los aportes de las personas en actividad. Si fuéramos más eficientes, por ejemplo, en lo que hace a dar las respuestas administrativas de los reclamos, evitando poner en marcha la maquina judicial, que solo logra la erogación de sumas importantísimas de dinero en el aparato judicial y en la retroactividad que, por supuesto no disfruta el jubilado en su totalidad, cuando este alcanza a cobrar los juicios en vida y no lo hacen sus herederos. Algo que quedo demostrado con la Reparación Histórica cuando el ANSES tomo los legajos de los jubilados y les dio lo que correspondía de manera inmediata, algo resistido más por los abogados y hubo varios que la rechazaron y siguieron con el juicio que nunca vieron culminado.

En resumen, sin políticas de empleo efectivo no veo factible una reforma previsional, sin que se afecte a una porción amplia de la población. En un contexto del pleno empleo, al que parece no llegaremos en lo inmediato, por el contrario todo hace prever un crecimiento importante del desempleo en los próximos meses y años, no solo por las políticas económicas, sino también por un cambio importante en los modos del trabajo, donde el hombre vuelve a ser descartado por la maquina o la tecnología, estoy de acuerdo con una reforma gradual que lleve la edad a setenta años, sin cantidad máxima de años de aportes, con un mínimo universal y un ajuste por años de aportes que permita, a las personas que están en la última etapa vital, poder afrontarla con calidad de vida, algo que los que están en las escalas más bajas no logran hace años. Por supuesto que ese mínimo universal debe ser verdaderamente digno y no como los números actuales de miseria.

Un párrafo final sobre una triste realidad, estoy convencido que hay muchos que quieren volver a la época donde no había una legislación laboral y por supuesto no existían los sistemas de la seguridad social, tampoco había sistemas de salud adecuados y las expectativas de vida eran muy bajas. Que buscan definir el trabajo como simple mercancía, sin distinguir que no hay la misma fuerza entre quienes son empleadores y quienes ponen su trabajo al servicio de las empresas, sin entender que el trabajo tiene por sujeto al hombre, a la persona con toda su dignidad que nunca puede ser vulnerada. En esta asimetría pueden producirse las más terribles aberraciones, la mayor explotación, porque se puede jugar con la necesidad básica de algunos. La explotación laboral no se termina con una expresión diferente de las cosas, como creen algunos.

Sin duda, se quiere volver a épocas y a doctrinas donde las personas son un engranaje de la economía y no la economía y la política son para el hombre. Quieren volver a épocas, donde la dignidad de la persona humana es denigrada, en especial en el trabajo. Nosotros renovamos el compromiso de que el hombre – en toda su dimensión - es el sujeto del trabajo y como tal debe ser respetado, las leyes laborales y los derechos (sin olvidar las obligaciones) deben ser respetados y deben permitir el acceso de todos los hombres a los sistemas de la Seguridad Social. Esto último es una cuestión moral, no por nada la Iglesia en su Doctrina Social ha sido una voz irrefutable que ha promovido ambas cuestiones, no por nada se la odia y niega a diestra y siniestra. Volver a ese pasado, es lisa y llanamente inmoral.

Como verán es solo una reflexión que seguramente abre muchos temas para que mascullemos y que estemos atentos frente a personajes que hablan y degradan al hombre en el ámbito del trabajo.

Lic. Marcelo Eduardo Grecco






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