Pasados unos minutos
de las catorce horas de aquel sábado de primavera, de un sábado como hoy, en el
que el cielo pudo estar nublado o soleado —no lo sabemos—, sí sabemos que el
sol brilló para un joven matrimonio: una nueva flor había nacido.
Era primavera en
Buenos Aires y el mundo se acercaba a un invierno, no de estación del año, sino
de oscuridad y violencia. Una gran noche oscura se aproximaba.
Sin embargo, en aquel
solar de Recoleta, donde grandes médicos levantaron una maternidad, signo de
vida y esperanza, allí donde los doctores Peralta Ramos o Juan Pedro Garrahan
atendían a las mujeres y a los niños por nacer (no sabemos si este fue el caso),
se encontraba aquella madre primeriza, aquella joven riojana de veintitrés
años, casada con aquel joven cordobés, también de veintitrés años, que estaba
ya dispuesta a dar a luz a su primogénita, la primera de cuatro retoños.
Quince minutos después
de las catorce, en medio de un mundo tenebroso que parecía irradiar oscuridad,
cuando la estación primaveral comenzaba a desplegarse, nació aquel primer
retoño, la más bella flor que el mundo podía recibir. La mayor de cuatro hijos
—una de ellas se iría prontito al Cielo—. La mayor, la fuerte, el roble
escondido en la fragilidad. Esa luz, esa sonrisa que iluminó los corazones de
tantos, había llegado a este loco mundo, en aquella histórica maternidad del
Hospital Rivadavia, que, con el tiempo, llevaría el nombre de Peralta Ramos, hasta su unificación con el Hospital Rivadavia.
A los pocos días,
llegó a aquella casita de Almagro, casi en el límite con Recoleta, en la calle
San Luis 3211. Habría pasado muy poquito tiempo desde aquel nacimiento glorioso
y maravilloso, luego la esperaría su infancia y adolescencia en Paternal, en la
famosa Beláustegui.
Amalia le habían
puesto, ¡y qué bien elegido estaba el nombre! De raíz germánica, se asocia con
una persona trabajadora, laboriosa, esforzada y activa; un ser dotado de
perseverancia, dedicación y fortaleza. Muchas veces la llamaban Amelia, un
nombre de significado parecido, al que se le atribuyen, además, sensibilidad,
constancia e inteligencia. Una amalgama de cualidades de la que fuimos testigos
en la persona de Amalia, que hace noventa años nacía, un sábado como hoy.
Amalia, el primer retoño de aquella familia, ya tenía un rostro que transmitía paz. Con los años, todo su ser, su delicada voz, su bella mirada y sus sabias y prudentes palabras transmitían paz. Aquello no era casualidad. Dios la puso en este mundo, en medio de tanta locura, en un tiempo en el que la violencia comenzaba a gestarse. Y, en medio de aquella oscuridad, su paz comenzaba a hacerse presente en la vida.
No iba a cambiar el
mundo, pero sí iba a dar paz a quienes se cruzaren con ella. En los momentos
más complejos y difíciles de la vida, aun cuando el dolor humano se hacía
manifiesto, su paz era modelo y testimonio de resiliencia y lucha. No faltó a
ningún combate de la vida, pero siempre lo afrontó con paz y amor.
Aquel primer retoño de
una familia brilló con esplendor, con su sonrisa y su paz, que todavía nos
siguen emocionando al ver una imagen de su rostro o al recordar cada una de sus
acciones y palabras de su vida.
Hay una anécdota que
no sé si conté alguna vez. Poquito antes de la caída que la llevó a la
postración, como cada febrero, fuimos a ver a la Virgen de Lourdes, devoción a
la que le tenía especial cariño, aunque, por encima de todo, era una mujer
mariana.
Ella solía ir
caminando desde Versailles, con mi madrina o con mi padre. Cuando era más
grande, iba en colectivo y, cuando pudimos, ya íbamos bastante en auto.
Mientras comprábamos
algo en la santería, ella se sentó en un muro levantado delante de la capilla
de adoración, mirando hacia la gruta. Quien nos atendía la miró y nos dijo:
—Esa señora es una
santa.
Mi padre, que había
cruzado unas palabras con ella, le respondió:
—Y sí, si me aguanta a
mí…
Pero la mujer
insistió:
—No, no. Esa señora es
una santa.
Con el tiempo, y con todo lo que vendría y lo que sufriría, con el testimonio que nos dio durante esos casi tres años, mi mente volvía una y otra vez a aquel hermoso juicio sobre mi mamá. De alguna manera, lo suscribía cada día al ver su paz en medio de la turbulencia de la enfermedad y la cruz.
Como era humana, claro
que expresó algún dolor, pero también supo ofrecerlo y ponerlo en el altar de
la enfermedad. Una humanidad hermosa que Dios le regaló, que nos regaló y que
puso en nuestro camino.
Por eso, hoy es un día
de congoja por no tenerla, un día de tristeza por extrañarla, pero es, por
sobre todo, un día de felicidad por haberla tenido como madre, por haber
recibido su paz, su dulzura, su cariño, su voz suave y justa.
Es su vida la que no
nos permite entristecernos. Es un día de acción de gracias.
Gracias por Amalia,
por este rostro y este ser de paz. Gracias porque, al comenzar la tarde, en
aquel glorioso solar de Recoleta, nació para esta vida y para la eternidad mi
madre Amalia, hace noventa años, un sábado como hoy.
Supla el amor la
deficiencia de la pluma





