viernes, 14 de febrero de 2025

Novios Eternos

 

Este era un escrito para el 17 de agosto, un nuevo aniversario del inicio del noviazgo de mis padres creía que era lindo homenajearlos juntos con un texto, que quizás sea el preámbulo de algún trabajo un poco más amplio sobre mis padres, Amalia y Domingo.

Creo fervientemente que su amor fue testimonio del verdadero amor cristiano, ese por el cual fue martirizado San Valentín, por eso me pareció un buen momento para publicar este articulo y honrarlos. Sé y a la vez lo deseo sinceramente, que su ejemplo sea de provecho a las nuevas generaciones. Que San Valentín y la Sagrada Familia de Nazaret intercedan por los jóvenes.

Marcelo Grecco

 

Verde era el color del papel en el que, aquel joven escribió aquella declaración de amor. Era Domingo, quizás en el contexto de las Fiestas Patronales, cuando con dulzura y temor la entregó, junto a la imagen del Sagrado Corazón que se veneraba en la antigua Parroquia.



Ella al leerla, comprendió aquello que tiempo atrás le había ocurrido: sin saber quién era él. Al verlo, le vino un pensamiento: “con este hombre tendré cuatro hijos” (siempre aseguró que para ella eran cuatro varones)[1].  Pronto daría un sí, que se repetiría a lo largo de muchos años.

Aquel 17 de agosto de 1958, comenzaban el camino del amor, en la histórica San Bernardo que inmortalizó Marechal cuando su Adán Buenos Ayres, le rezó al Cristo de la Mano Rota[2] que se yergue majestuoso en el frontispicio del hermoso, hoy ya, centenario Templo.

“Remedios de Escalada de San Martín, nuestra calle”, repetían cada vez que a lo largo de los años volvían a pasar por ella. Es que por esa calle fue donde los “tortolitos” iniciaron, tomados de la mano, su largo camino juntos.

Como toda nueva empresa y vaya que el amor lo es, la incertidumbre y los miedos se hacían presente cada día, cada hora, cada segundo. Se plasmaron en cartas los fundamentos de aquel amor y quizás sin saberlo, planteaban la esencia de las relaciones humanas. El fundamento no podía ser la pasión, esa puede ser una ráfaga que pronto apague el fuego, no debe ser el “encantamiento” que deslumbra y enceguece, debe ser el amor de benevolencia, de entrega, de despojo, que permite conocerse con defectos y virtudes y aceptarse con ellos. Amor que no es fácil y que siempre cuesta y mucho.

¿Qué depararía el futuro? Solo Dios lo sabía, ellos debían vivir ese tiempo, deseando estar juntos y irse comprometiendo cada día para mantener la llama prendida. ¡Y vaya que lo hicieron!

Pero pronto llegó la primera dificultad, cuyas secuelas los acompañaría toda la vida. Un serio problema en la salud de Domingo apareció producto de secuelas de una cirugía y el proceso de recuperación fue largo y desafiante.

 “Anda y búscate otro que te sirva para algo”, sentenció él con el “dramatismo” propio del actor que llevaba adentro. Ella se negó a abandonarlo y quizás fue, desde ese día, “la mujer fuerte del Evangelio” en el hogar que pronto formarían.

Sin mucha espera, un año y tres meses después, en la misma Parroquia donde se enamoraron, donde iniciaron el noviazgo, sellaron frente a Dios la alianza que los juntaría por más de seis décadas. Es que aquel sí, frente al Sagrado Corazón, se renovaría cada día. Ellos mismos aconsejarían siempre a los jóvenes no pasar un día sin expresarse el amor, el “te quiero” o “te amo”. Ellos lo decían con palabras y con obras.


Pensar que no hubo penurias, dolores, angustias, sufrimientos, sería pensar erróneamente, sería creer que eran ángeles y no, eran humanos con virtudes, que sobresalieron, pero también con defectos que sobrellevaron. No poco, fue lo que soportaron con grandeza de alma, con un corazón lleno de caridad, que incluso les hacía perdonar y a veces hasta disculpar a los que les atacaban.

Ellos me enseñaron, especialmente mi madre, a comprender que no se puede ver al otro, sin comprender su historia, sus sufrimientos. La maldad de algunos era justificada viendo en la causa de esa forma de ser. Esto no quería decir que no se respondiera a los ataques, pero debo decir que ambos, especialmente Amalia, sabían como hacerlo con la altura que muchas veces desarmaba al agresor y lo dejaba sin argumento.

Pero además no sobrellevaron la vida y sus pesares con tristeza, sino con alegría del alma. Una alegría primaveral, una alegría de corazón, una alegría que contagiaba y daba esperanzas. Ambos cortaban muchas veces los momentos más duros, con un chiste y un gran humor.

La sonrisa, la alegría en ellos no era el bullicio, era amor, su alegría era sin duda posible por la expresión de su amor. Alegría que se expresaba con una puerta abierta del hogar para recibir y una gran mesa donde se servían siempre. Amalia desaparecía silenciosamente y en un rato traía algo para compartir.

 La música nunca faltó y de la más variada, por cierto. Como digo expresiones de la alegría y la alegría compartida. No por nada reza el cartel en su casa: “En esta casa siempre es primavera”.

Pero volvamos a aquellos “tortolitos”, que caminaban por Remedios de Escalada. Aquella imagen, que podemos imaginar tomados de la mano, se reprodujo hasta los últimos días. A más de cincuenta años, ya no caminaban por aquella calle, pero si por su adorado barrio de Versailles y ese caminar admiraban a propios y extraños que, al verlos, solían comentar que parecían una parejita de novios que recién empezaban. Aquel amor maduró y se sostuvo, porque supieron alimentarlo y hacerlo siempre nuevo.



Luego vino el dolor y la imposibilidad de caminar, pero siempre estuvieron juntos, de la mano, unidos aún cuando no pudieron estarlo.

En el último calvario, cuando la locura y la deshumanización separaron los cuerpos, no pudieron hacerlo con las almas. Mientras una sufría en esa sala deshumanizada y sin el contacto de los seres queridos, el otro tenía el corazón destrozado y lloraba en su silencio y oración.  Antes de irse a la internación, sufriendo en el cuerpo y sintiéndose realmente mal, cuida que él no sufra por verla sufrir y cuantas veces el trataba de disimular que había tenido un ataque, para que ella no sufriera, sobre todo en el tiempo de su enfermedad. Si, tal era la delicadeza con que se cuidaban el uno al otro.



La muerte los separó físicamente, pero no en el espíritu: “parece que mi corazón se estruja como si aún la tuviese a mi lado”, le escribió Domingo, a una amiga de la familia. Al leer esta frase, “el sepulturero, a veces, entierra un corazón sin saber que también entierra otro corazón…” agregó: “Maluca mi corazón está en esa tumba.” Y aunque no se dejó morir, se fue apagando como se apaga un pucho.

Le había quedado su sonrisa en el retrato elegido para despedirla, pero más aún grabada en su corazón. Por eso a la sentencia de Cristóbal de Castro: “Hay mujeres que dejan el mundo y se llevan la luz al dejarlo”, él responde: “Y hay otras, que nos dejan su sonrisa, que es luz para nosotros”.

Le quedaban unos años de destierro y aquel retrato hizo visible su presencia. En él le daba el beso que no podía darle. El primero a la mañana y el último a la noche. Antes de salir se despedía y al volver iba a la habitación a verlo y contarle por donde habíamos andado. Allí le contaba las penurias, alegrías de la familia, con él consultaba decisiones y cuando nos pedía algo para regalarnos a nosotros decía que lo había consensuado con ella y que ella quería que se hiciese tal cosa o tal otra.

¿Locura? ¿Duelo? Podrá la ciencia imaginar mil explicaciones, para nosotros era simplemente amor.

Sesenta y dos años habían caminado juntos en esta tierra, sorteado obstáculos, disfrutando de hijos y nietos, gozando alegrías y cargando cruces. Era amor del bueno, sin duda. Yo creo que hoy no escasea, sino que se tiene miedo a darlo, porque vale más el “amor propio” que el verdadero amor que es de entrega. Cosas de esta época.

De más está decir que ningún 17 de agosto faltó una flor y si era posible un regalo, el último lo pasaron separados, ella internada y él en la casa. Un prendedor llegó al hospital y un “te amo” sincero y mutuo, quedó eternizado en los audios, todavía Dios les daría unos meses más juntos. ¡Bendita tecnología que permitió acercar a las personas, cuando la locura se apoderó de nuestras vidas!

La última mirada de Domingo fue hacia el retrato, luego preguntó la hora y sonrió, vaya a saber qué recuerdos le trajo. Comenzó a irse, atinamos a ponerle el retrato en su corazón, pronto los tortolitos, creemos confiados, volverían a verse, sus cuerpos en la misma tumba, su alma en el mismo Cielo.

Aquel amor sellado, se había hecho eterno, se había fundido en el Amor. Hoy, contemplan juntos tomados de la mano, al Corazón amado de Jesús, frente al cual sellaron su amor, aunque ya no en una sacra representación, sino frente a Aquel que es fuente, en cada latido, de Amor.

Aquel Domingo 17 de agosto de 1958, comenzaron su camino. Ahora ellos, ya en el “Domingo sin ocaso”, créanme, son Novios Eternos.

Supla la Gracia y el amor, la deficiencia de la pluma.



[1] Y Dios le concedió seis hijos, los cuatro varones “profetizados” y dos niñas. Dos de aquellos varones partirían pronto al Cielo.

[2] “La iglesia de San Bernardo yergue su torre única en la noche: cerrada está la verja, desierto el atrio y sin más vida que la de sus palmeras desmelenadas al viento. Adán Buenosayres se ha detenido allí, con el resuello agitado y el corazón batiente. Prendido a la reja, mira en torno suyo y escucha: nadie y nada: se han callado las voces y desvanecido las imágenes. Entonces la espesa nube de sus terrores, angustias y remordimientos estalla en un sollozo que lo sacude y ahoga, como la náusea de la curtiembre. Luego, sin abandonar la reja, levanta sus ojos hasta el Cristo de la Mano Rota; y permanece así, mirándolo y llorando suavemente: —Señor, confieso en ti al Verbo que, sólo con nombrarlos, creó los cielos y la tierra. Desde mi niñez te he reconocido y admirado en la maravilla de tus obras. Pero sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos y en ellos me demoré; hasta olvidar que sólo eran caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje.”


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