Este era un
escrito para el 17 de agosto, un nuevo aniversario del inicio del noviazgo de
mis padres creía que era lindo homenajearlos juntos con un texto, que quizás
sea el preámbulo de algún trabajo un poco más amplio sobre mis padres, Amalia y
Domingo.
Creo
fervientemente que su amor fue testimonio del verdadero amor cristiano, ese por
el cual fue martirizado San Valentín, por eso me pareció un buen momento para
publicar este articulo y honrarlos. Sé y a la vez lo deseo sinceramente, que su
ejemplo sea de provecho a las nuevas generaciones. Que San Valentín y la
Sagrada Familia de Nazaret intercedan por los jóvenes.
Marcelo
Grecco
Verde era el color del papel
en el que, aquel joven escribió aquella declaración de amor. Era Domingo,
quizás en el contexto de las Fiestas Patronales, cuando con dulzura y temor la entregó,
junto a la imagen del Sagrado Corazón que se veneraba en la antigua Parroquia.
Ella al leerla, comprendió
aquello que tiempo atrás le había ocurrido: sin saber quién era él. Al verlo, le
vino un pensamiento: “con este hombre tendré cuatro hijos” (siempre aseguró que
para ella eran cuatro varones)[1]. Pronto daría un sí, que se repetiría a lo
largo de muchos años.
Aquel 17 de agosto de 1958, comenzaban
el camino del amor, en la histórica San Bernardo que inmortalizó Marechal
cuando su Adán Buenos Ayres, le rezó al Cristo de la Mano Rota[2]
que se yergue majestuoso en el frontispicio del hermoso, hoy ya, centenario Templo.
“Remedios de Escalada de San
Martín, nuestra calle”, repetían cada vez que a lo largo de los años volvían a
pasar por ella. Es que por esa calle fue donde los “tortolitos” iniciaron,
tomados de la mano, su largo camino juntos.
Como toda nueva empresa y
vaya que el amor lo es, la incertidumbre y los miedos se hacían presente cada
día, cada hora, cada segundo. Se plasmaron en cartas los fundamentos de aquel
amor y quizás sin saberlo, planteaban la esencia de las relaciones humanas. El
fundamento no podía ser la pasión, esa puede ser una ráfaga que pronto apague
el fuego, no debe ser el “encantamiento” que deslumbra y enceguece, debe ser el
amor de benevolencia, de entrega, de despojo, que permite conocerse con
defectos y virtudes y aceptarse con ellos. Amor que no es fácil y que siempre
cuesta y mucho.
¿Qué depararía el futuro?
Solo Dios lo sabía, ellos debían vivir ese tiempo, deseando estar juntos y irse
comprometiendo cada día para mantener la llama prendida. ¡Y vaya que lo
hicieron!
Pero pronto llegó la primera
dificultad, cuyas secuelas los acompañaría toda la vida. Un serio problema en
la salud de Domingo apareció producto de secuelas de una cirugía y el proceso
de recuperación fue largo y desafiante.
“Anda y búscate otro que te sirva para algo”, sentenció
él con el “dramatismo” propio del actor que llevaba adentro. Ella se negó a
abandonarlo y quizás fue, desde ese día, “la mujer fuerte del Evangelio” en el
hogar que pronto formarían.
Sin mucha espera, un año y
tres meses después, en la misma Parroquia donde se enamoraron, donde iniciaron
el noviazgo, sellaron frente a Dios la alianza que los juntaría por más de seis
décadas. Es que aquel sí, frente al Sagrado Corazón, se renovaría cada día.
Ellos mismos aconsejarían siempre a los jóvenes no pasar un día sin expresarse
el amor, el “te quiero” o “te amo”. Ellos lo decían con palabras y con obras.
Pensar que no hubo penurias,
dolores, angustias, sufrimientos, sería pensar erróneamente, sería creer que
eran ángeles y no, eran humanos con virtudes, que sobresalieron, pero también
con defectos que sobrellevaron. No poco, fue lo que soportaron con grandeza de
alma, con un corazón lleno de caridad, que incluso les hacía perdonar y a veces
hasta disculpar a los que les atacaban.
Ellos me enseñaron,
especialmente mi madre, a comprender que no se puede ver al otro, sin
comprender su historia, sus sufrimientos. La maldad de algunos era justificada
viendo en la causa de esa forma de ser. Esto no quería decir que no se
respondiera a los ataques, pero debo decir que ambos, especialmente Amalia, sabían
como hacerlo con la altura que muchas veces desarmaba al agresor y lo dejaba
sin argumento.
Pero además no sobrellevaron
la vida y sus pesares con tristeza, sino con alegría del alma. Una alegría primaveral,
una alegría de corazón, una alegría que contagiaba y daba esperanzas. Ambos
cortaban muchas veces los momentos más duros, con un chiste y un gran humor.
La sonrisa, la alegría en
ellos no era el bullicio, era amor, su alegría era sin duda posible por la
expresión de su amor. Alegría que se expresaba con una puerta abierta del hogar
para recibir y una gran mesa donde se servían siempre. Amalia desaparecía
silenciosamente y en un rato traía algo para compartir.
La música nunca faltó y de la más variada, por
cierto. Como digo expresiones de la alegría y la alegría compartida. No por
nada reza el cartel en su casa: “En esta casa siempre es primavera”.
Pero volvamos a aquellos
“tortolitos”, que caminaban por Remedios de Escalada. Aquella imagen, que
podemos imaginar tomados de la mano, se reprodujo hasta los últimos días. A más
de cincuenta años, ya no caminaban por aquella calle, pero si por su adorado
barrio de Versailles y ese caminar admiraban a propios y extraños que, al verlos,
solían comentar que parecían una parejita de novios que recién empezaban. Aquel
amor maduró y se sostuvo, porque supieron alimentarlo y hacerlo siempre nuevo.
Luego vino el dolor y la
imposibilidad de caminar, pero siempre estuvieron juntos, de la mano, unidos
aún cuando no pudieron estarlo.
En el último calvario,
cuando la locura y la deshumanización separaron los cuerpos, no pudieron
hacerlo con las almas. Mientras una sufría en esa sala deshumanizada y sin el
contacto de los seres queridos, el otro tenía el corazón destrozado y lloraba
en su silencio y oración. Antes de irse
a la internación, sufriendo en el cuerpo y sintiéndose realmente mal, cuida que
él no sufra por verla sufrir y cuantas veces el trataba de disimular que había
tenido un ataque, para que ella no sufriera, sobre todo en el tiempo de su
enfermedad. Si, tal era la delicadeza con que se cuidaban el uno al otro.
La muerte los separó físicamente, pero no en el espíritu: “parece que mi corazón
se estruja como si aún la tuviese a mi lado”, le escribió Domingo, a una amiga
de la familia. Al leer esta frase, “el sepulturero, a veces, entierra un corazón
sin saber que también entierra otro corazón…” agregó: “Maluca mi corazón está
en esa tumba.” Y aunque no se dejó morir, se fue apagando como se apaga un
pucho.
Le había quedado su sonrisa
en el retrato elegido para despedirla, pero más aún grabada en su corazón. Por
eso a la sentencia de Cristóbal de Castro: “Hay mujeres que dejan el mundo y se
llevan la luz al dejarlo”, él responde: “Y hay otras, que nos dejan su sonrisa,
que es luz para nosotros”.
Le quedaban unos años de
destierro y aquel retrato hizo visible su presencia. En él le daba el beso que
no podía darle. El primero a la mañana y el último a la noche. Antes de salir
se despedía y al volver iba a la habitación a verlo y contarle por donde
habíamos andado. Allí le contaba las penurias, alegrías de la familia, con él
consultaba decisiones y cuando nos pedía algo para regalarnos a nosotros decía
que lo había consensuado con ella y que ella quería que se hiciese tal cosa o
tal otra.
¿Locura? ¿Duelo? Podrá la
ciencia imaginar mil explicaciones, para nosotros era simplemente amor.
Sesenta y dos años habían
caminado juntos en esta tierra, sorteado obstáculos, disfrutando de hijos y
nietos, gozando alegrías y cargando cruces. Era amor del bueno, sin duda. Yo
creo que hoy no escasea, sino que se tiene miedo a darlo, porque vale más el
“amor propio” que el verdadero amor que es de entrega. Cosas de esta época.
De más está decir que ningún
17 de agosto faltó una flor y si era posible un regalo, el último lo pasaron
separados, ella internada y él en la casa. Un prendedor llegó al hospital y un
“te amo” sincero y mutuo, quedó eternizado en los audios, todavía Dios les
daría unos meses más juntos. ¡Bendita tecnología que permitió acercar a las
personas, cuando la locura se apoderó de nuestras vidas!
La última mirada de Domingo
fue hacia el retrato, luego preguntó la hora y sonrió, vaya a saber qué
recuerdos le trajo. Comenzó a irse, atinamos a ponerle el retrato en su corazón,
pronto los tortolitos, creemos confiados, volverían a verse, sus cuerpos en la
misma tumba, su alma en el mismo Cielo.
Aquel amor sellado, se había
hecho eterno, se había fundido en el Amor. Hoy, contemplan juntos tomados de la
mano, al Corazón amado de Jesús, frente al cual sellaron su amor, aunque ya no en
una sacra representación, sino frente a Aquel que es fuente, en cada latido, de
Amor.
Aquel Domingo 17 de agosto
de 1958, comenzaron su camino. Ahora ellos, ya en el “Domingo sin ocaso”, créanme,
son Novios Eternos.
Supla la Gracia y el amor,
la deficiencia de la pluma.
[1] Y
Dios le concedió seis hijos, los cuatro varones “profetizados” y dos niñas. Dos
de aquellos varones partirían pronto al Cielo.
[2] “La
iglesia de San Bernardo yergue su torre única en la noche: cerrada está la
verja, desierto el atrio y sin más vida que la de sus palmeras desmelenadas al
viento. Adán Buenosayres se ha detenido allí, con el resuello agitado y el
corazón batiente. Prendido a la reja, mira en torno suyo y escucha: nadie y
nada: se han callado las voces y desvanecido las imágenes. Entonces la espesa
nube de sus terrores, angustias y remordimientos estalla en un sollozo que lo
sacude y ahoga, como la náusea de la curtiembre. Luego, sin abandonar la reja,
levanta sus ojos hasta el Cristo de la Mano Rota; y permanece así, mirándolo y
llorando suavemente: —Señor, confieso en ti al Verbo que, sólo con nombrarlos,
creó los cielos y la tierra. Desde mi niñez te he reconocido y admirado en la
maravilla de tus obras. Pero sólo me fue dado rastrearte por las huellas
peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos y en ellos me demoré; hasta
olvidar que sólo eran caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje.”








