Domingo Grecco (abuelo
Mingo)
Nota del editor: Hace muchos
años mi padre, le contaba a uno de sus nietos una historia similar a esta,
pasados los años la plasmo en un cuento bajo el título El Gato de Belén,
nosotros nos atrevimos a modificar el título y algunos pequeños ajustes al
texto que mantienen su belleza original. Al publicarlo en este tiempo de
Navidad sirva de homenaje a mi padre y a todos los abuelos que comparten esos
momentos únicos con sus nietos, que recurren a su imaginación para alegrarles
ese tiempo. Vaya también mis saludos navideños y que sea de provecho, para que
Rey de Reyes habite en nuestros corazones. Feliz y Santa Navidad
Marcelo Grecco
Navidad 2025
El tiempo no era el que estaba
acostumbrado a resistir, estaba demasiado frío para mí. Además, el camino a
recorrer era muy extenso.
Gaspar, mi amo, dudaba si
llevarme o no. El palacio donde vivía gozaba de varias cosas extrañas, pero qué
mejor que esa estufa, al lado de la cual tenía mis mantas y gozaba de una
alimentación maravillosa.
El caso es que llegaron dos
personas, muy efusivas, y lo llevaron a nuestra regia azotea, desde donde
miraban al cielo muy alterados. Yo me volví a mi lugar dónde escuché sus voces
que hablaban de una estrella, una conjunción de planetas, en fin, digamos que
la conversación no era extraña, porque siempre los temas tratados eran
parecidos; en definitiva, seguí durmiendo.
Pero, esa noche parecía que la cosa
era distinta y grave. El salón principal tenía una serie de aparatos y sobre
ellos estaban, primero, hablando como seres normales, pero el tono fue
subiendo, volvieron a la terraza y, ya cuando bajaron, fue que mi amo me miró
en forma especial; dijo a sus compañeros, uno de los cuales se llamaba Melchor,
de tez oscura, y Baltasar, que raramente no llevaba barba, y era más joven,
aunque sobre su cabeza tenía un sombrero alto, parecido a un embudo, les dijo
que había que partir con prontitud; que citaran a sus servidores más fieles, al
menos seis camellos, o mejor siete para llevar presentes y materiales de
precisión por la necesidad imperiosa de contemplar permanentemente el
firmamento.
Esto ya me dio mala espina; porque aún medio
dormido, me sacudí pensando en alguna aventura en la que yo, sin quererlo, iba
a ser protagonista. El fuego me decía: "dormí tranquilo" y mi amo muy
sereno, para sorpresa mía, despidió a los visitantes y, con una amplia sonrisa,
también se retiró a sus lujosos aposentos.
Era ya la media mañana
subsiguiente, el fuego ya no ardía y los movimientos de la casa se hicieron a
cada momento más intensos; tuve que salir a estirarme un poco, la comida no me
había faltado y al pretender volver a mi comodidad, el amo me tomó entre sus
brazos, me acarició y me dijo: "He decidido llevarte, espero que te
comportes", me entregó en mano de un servidor que también me acarició y me
puso en una celda pequeña, con mis mantas y de ahí fui a parar al costado de un
camello que estaba a punto de erguirse; pude ver algunos de los aparatos que
usaba mi dueño en la gran sala y en la gran terraza.
Pasó poco rato y otros camellos
llegaban al lugar, en ellos venían los amigos de mi amo que habían estado la
noche anterior (sin gatos), con varios servidores, algunos de los cuales
también montaban camellos, muy pocos aparatos de los que utiliza mi amo, pero
si agua y comida en demasía se me ocurrió o el viaje iba a ser más largo de lo
que suponía y, además, encerrado en una jaula propia de pájaros.
Salimos casi anocheciendo; la
ración de comida y agua y leche me fue dispensada, con una breve salida de la
jaula. Pero ahora venia lo peor: se acabó el fuego y un vientito frío penetraba
por las cobijas.... ahora entendía la mirada de mi amo cuando legaron sus
amigos). ¡Si señor! el viaje se prolongaba, pero los amigos tenían la vista
puesta en el cielo, en realidad yo también pude observar que una estrella o,
como se llame, nos marcaba el camino.
Pasar por lugares llenos de
vegetación, los servidores llamaban por su nombre a dos hermosos ríos, llenos
de avecillas que me hubiese gustado conocer un poco más de cerca, llamándolos
(a los ríos) el Tigris y el Éufrates. Hasta allí fue un paseo, largo, pero sin
problemas; ahora, llegar a un arenal inmenso, con la arena que se te mete hasta
la garganta...ya era otra cosa, seguimos; el calor se sentía mucho, pero cuando
el sol se escondía y la arena comienza a enfriarse, corre un poco de viento
enarenado... ¡Estaba tan bien yo al lado de la estufa!
Entrar en una ciudad donde las callejas, los
gritos, unos caballos que asustan porque sus jinetes, encascotados, con espadas
y algunas lanzas, los largan contra las gentes y los asustan; mil voces, mil
lenguas... La verdad que la jaula temblaba, o, mejor dicho, yo las hacía
temblar de miedo. Casi salgo de la jaula, si el servidor no está atento y me
toma entre sus brazos y me acaricia, pero me mantiene con fuerza, sobre todo
cuando entramos a un palacio y sale a recibir a mi amo y sus amigos una persona
con vestimentas, más lujosas que las de mi amo y sus amigos, con colores
dorados, pero los ojos llenos de fuego, en realidad, me asusté más que con los
caballos, jinetes y espadas.
Hablan, mi amo y sus amigos:
"Venimos desde muy lejos - ¡si lo sabré yo!
-, nos está guiando una estrella y según unos papiros antiquísimos, hay
profecías sobre un rey que dominará el mundo entero".
Contesta el dueño del palacio, bastante
nervioso:
"Consultaré y he de
responderles, venerables señores -yo huelo algo malo-, tan prontamente como
pueda; el palacio es vuestro"
Y nos acomodamos, pero prestos a
partir, por lo cual la jaula paso, nuevamente, a ser mi hábitat.
Herodes, creo que se llamaba el dueño del
palacio, salió presuroso con su cohorte.
¡¡¡Caramba!!! El servicio de
inteligencia de este Herodes fue formidable; no alcanzamos a ponernos cómodos
que ya volvió con la respuesta.
Llamó a mi amo y sus amigos y
trayendo algo parecido a un mapa, señalo un lugar no lejano, y dijo muy serio:
"Según nuestras profecías, en este lugar,
nacerá el rey de Israel; se supone que esa estrella de la que hablan será el
signo evidente de tal acontecimiento... Pero, al noble Emperador Romano, que
nos mantiene con su nobleza y el más noble Publio
Sulpicio Quirinio, han ordenado un censo, por lo cual suponemos que
ese movimiento de gente puede provocar alguna demora. Sin embargo, sigan
ustedes el camino que está señalado aquí (muestra el papiro, indica un pueblo
llamado Belén) y si lo encontráis nobles señores, volved para que yo y mi
cohorte vayamos a adorarle"
Mi amo y sus amigos se miraron...
yo también, creo que estaba mintiendo…
No era lejos el lugar, comparando
el viaje que habíamos hecho.
En realidad, yo sé poco de reyes,
pero hacia donde nos dirigíamos la realeza estaba "comprimida" en una
ciudad sucia y un campo llenos de ovejas y pastores que acampaban al sereno.
Mi amo y sus amigos, antes de
seguir su viaje, si bien la estrella se la veía con más nitidez, meditaban
sobre aquello que habían escuchado. iban a ver a un Rey de Reyes, hasta
las estrellas, y eso para ellos era de suma importancia, los guiaban; algo
había en el universo entero que marcaría el destino de los hombres; a nosotros
-en cambio- lo digo por haber nacido felino, también nos hacía contemplar una
noche distinta.
Como habían detenido su marcha,
yo aproveché y, en un descuido del servidor, pude salir de la jaula y correr
por los menos donde había otros animales y la seguridad de una buena leche.
Y digo esto, porque la leche de cabra u oveja
estaba faltando. Corro cerca de los pastores que, mirándome como un bicho raro,
se acercaban y viendo mis deseos de beber algo, me llenaron de atenciones y de
leche fresquita, estaba yo lleno de un placer "lecheril", cuando algo
luminoso, como bajando del mismo cielo, a los pobres pastores asustados les
decía:
"No temáis pues he aquí
que os traigo una buena nueva, que será de grande alegría para todo el pueblo: «que
os ha nacido hoy en la ciudad de David, el Señor…»” Junto con esa figura
luminosa se llegaron como un ejército que alababan a Dios!
Salen los pastores hacia dónde,
como a mi amo, los guía una estrella luminosa como nunca han visto. Me repongo
y salto entre piedras, pastos y todo aquello que la estrella alumbra, me
detengo en una altura y veo:
Un niño recién nacido, una
Madre Llena de luz, un hombre joven que acerca leña para encender un
fueguito, que de calor al recién nacido...
Todos están cerca, pero de
rodillas y ¡oh sorpresa!, lentamente ingresa mi amo y sus dos amigos, también
se arrodillan, ellos v sus servidores.
Cada uno de los tres va dejando
un presente a la luminosa madre, me acerco y escucho esto:
"Oro, símbolo de realeza;
incienso, símbolo de la divinidad; mirra mortalidad..." (hay tristeza
quien la ofrece).
La Madre luminosa acepta los
regalos y al último le ofrece una clara sonrisa. Un pensamiento cubre cielos y
tierra, habrá si mortalidad, pero también resurrección. Este pensamiento hace
que todos los presentes tengan solo la sonrisa que Dios puede ofrecer.
Como dije al principio, era algo
que me involucré como gato. Pero,
¡¡¡Era tan hermoso!!!
Nota del autor: Yo sé que mi nieto me va a decir que este no
era el cuento con que lo arrullaba antes de la siesta, pero yendo con los magos
de oriente, es hasta más creíble este pequeño cuento.
Nota del Editor: Algunas de las imágenes han sido generadas por IA


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