Querida Mónica:
Comenzamos este ciclo hablando
del amor, las consecuencias del no sentirse amado, hablamos de comunicación, de
amistad, del amor expresado en la educación, en los limites, ya sobre el final
hemos hablado de la conciencia de finitud que debe tener el hombre, y en
relación a ello pensamos en que es lo necesario para la vida. Sin duda,
concluimos que lo único necesario, es el amor, el amar y el ser amado, sembrar
y cosechar y aún solo sembrar lo bueno, lo bello y lo verdadero.
En el amor, que es
generoso y puro, el hombre se realiza y encuentra aún en el dolor, la felicidad
a la que está llamado. Cuando el hombre siembra amor, sin duda cumple con
aquello del Gral San Martín “serás lo que debes ser o no serás nada”.
Por eso me parece
oportuna, en estas horas de cierre del año, en estas horas donde los corazones
se sensibilizan con las fiestas,
replantearse, preguntarse: ¿Qué tan feliz soy? O lo que es lo mismo: ¿Cuánto he amado? ¿Cuánto amor sembré?
Y cuando hablamos de
amor, no pensemos solo en los seres que tenemos más cerca, a quienes en muchos
casos darles amor nos sale casi naturalmente. Pensemos en todas las personas que pasan a nuestro
lado, en nuestros compañeros de trabajo, en nuestros vecinos y más aún en la
sonrisa que le diste a aquel anciano, en la monería que hiciste para aquel
niño, en la corrección dulce a aquel adolescente, en el dar el asiento a quien
lo necesita, en la mirada dulce, tierna y llena de cariño para aquel
discapacitado, en haberte corrido cuando escuchaste la ambulancia o cuando los
golpes del baston indicaban la presencia de un no vidente. En estas pequeñas
cosas el hombre expresa el amor, pero también cuando esquiva la pelea estúpida
y sin sentido, cuando busca justicia y no venganza, cuando sabe perdonar aún aquellos
que nunca pidieron perdón. Si esto es amar y este amar hace que uno pueda vivir
en paz, porque la paz del corazón no es la ausencia de problemas, dificultades,
conflictos. La paz interior es el afrontar todo ello con la mirada tierna del
amor, de la misericordia, de la entrega generosa.
Y cuando esa paz
habita en nosotros, la vida es celebrada, es vivida con alegría, que es la
sonrisa del alma.
Al comenzar el nuevo
año, quizás convenga que miremos nuestro interior y tratemos de amar, incluso a
quienes nos odian. No para estar a los besos y a los abrazos, sino para
perdonar en nuestro interior, el perdón y el amor sanan interiormente y nos
hacen felices. Pero amar también es bajarse del caballo y saber reconocer
nuestros errores y pedir perdón por ellos. Amar es brillar y celebrar la vida.
Que el 2014 nos encuentre sembrando el amor, sembrando la esperanza, sembrando
la vida para poder celebrarla. Hasta el año que viene, si Dios quiere!!!
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