Quiero recordar en estas palabras algo que
ocurrió hace 25 años en mi vida, y que fue el fin de una etapa y el comienzo de
un camino, en el cual intento todavía permanecer, un camino de crecimiento y
aprendizaje.
Era el primer 24 de julio de este siglo cuando me
levante temprano y tome un micro, luego de haber pasado tres días en la
habitación del hotel Shelter, en mi querida Mar de Ajo. Tres días dedicados al
estudio, sin la presión de que todos supieran lo que iba a pasar. Llegué a Retiro
y me fui al comedor de la Universidad, a hacer los últimos repasos. La suerte
estaba echada y ya no entraba nada más en mi cabeza. A la hora señalada, fui al
aula y allí frente a la profesora, recorrimos toda la materia. Hay que decirlo,
no fue el mejor examen, pero fue el más significativo, porque fue el último de
una carrera que había costado sacrificios. La tercera iniciada y la primera
terminada.
Un llamado a una amiga, que junto a otra me
acompañaron en esta aventura y que ya habían terminado la carrera varios meses
antes, solo unos minutos para contarle la hazaña.
Subte, tren y colectivo para llegar a casa y
contar a mis padres, que creyeron que me había ido a pasear a esa parte de la
costa argentina que tanto quería. ¿Cómo decírselo? Había elegido y preparado hacerlo
de una manera especial, pues si había llegado hasta ahí, ellos habían tenido
mucho que ver. Quería decirlo de una manera novedosa, por eso les entregue dos
cajitas, que podían parecer dos chocolates, pero dentro de ellas había dos
llaveros que se identificaban con una P y con una M, de papá y mamá o de Maruca
y Pirulo, en el adverso rezaban: “Gracias, Lic. Marcelo” 24-7-2000. Por
supuesto, estalló la alegría en sus almas y en la de toda la familia que se fue
enterando, al otro día festejábamos con una pequeña reunión en casa.
Al otro día, luego de volver a recorrer las
calles de Mataderos para entregar la correspondencia y percibir la alegría y
hasta cierto orgullo de algunos de los vecinos, que se alegraban con tener un Licenciado
de “cartero”.
Había culminado mi carrera, era ya licenciado,
pero comenzaba el camino para ser un profesional. No te asombres con lo que
digo, ser profesional no depende de un título, este te da herramientas para
llegar a serlo, mejor dicho, para realizar mejor las prácticas de un rol. La
profesionalización no se logra con un título, sino con el ejercicio del rol.
Hay grandes profesionales que nunca pasaron por la universidad y hay algunos “letrados”
o “leídos”, que no han llegado nunca a ser profesionales. Yo, luego de
veinticinco años, sigo intentando serlo, por eso hoy celebro estas Bodas de
Plata en la profesión, este cuarto de siglo caminando y aprendiendo en el
hermoso mundo de los Recursos Humanos.
Celebro, recordando a todos los que me ayudaron
a hacerlo posible, en especial a mis padres. A quienes, a lo largo de la
carrera, me ayudaron, pero también a los que me enseñaron y enseñan a seguir caminando
y aprendiendo a ser profesional en esta hermosa área de Recursos Humanos.
Hoy, vuelvo a decir aquella palabra grabada en los
llaveros regalados a mis padres, en ella estaba y está mi alegría de este
camino. En ellos, estaban y están representados tantos seres que me ayudaron en
aquella etapa y en el camino de estos veinticinco años creciendo como
profesional.
¡Gracias!
Lic. Marcelo
